La felicidad de los muertos de Enrique Cortez es un monólogo de la imposibilidad. Un tránsito de personajes grises, inacabados si se quiere, un tanto quebrados y bastante desdichados, que refuerzan el carácter fragmentario del texto y que asientan esa bruma densa que rodea sus palabras. Qué mejor que situarlos en el improvisado arenal limeño, en medio de cerros, tragedias familiares, malentendidos históricos y desgracias colectivas. El narrador juega con lo metanarrativo y crea un escenario citadino intrincado. Apelando al juego lingüístico, a la desconfianza en el lenguaje, y adentrándose en aporías filosóficas presenta con acierto historias personales acerca de la guerra interna y la migración sin caer en el lugar común. El texto trata con tono irónico y desesperanzado, pero nunca afectado, el aburrimiento, el dolor y, sobre todo, el azar, llevándolo a esferas consustanciales sin perder de vista su materialidad. El movimiento parece ser otra de las promesas incumplidas de la capital peruana. El narrador se preguntará: "¿Qué puedo hacer con esta historia que no avanza?" en lo que pareciera ser no solo su propia historia inmóvil, sino la Historia del país. Una en la que todos y todas estamos del mismo lado, en la que no se logra discernir con éxito quiénes son los vencedores y quiénes los encidos. Un espacio donde la felicidad es sólo un vocablo que puede emparentarse únicamente con el más allá.
(Olga Rodríguez Ulloa, Diario Correo)
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La felicidad de los muertos Capítulo 17 Lo que escribió la prensa sobre este libro Enrique Cortez