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Volvemos a casa. Las palabras que te digo al oído son como fragmentos de una bella intensidad que estalló entre nosotros y se perdió hace un rato entre las luces cambiantes de la discoteca. Un poco exhausta por los sucesos, me observas. A medida que el taxi avanza, tu cuerpo se va dejando caer con naturalidad sobre el mío. Acomodas tu cabeza en mi pecho y te desvaneces, te sientes segura.

Pronto hemos dejado la parte más residencial de la ciudad: después del oasis surgen los cerros de arena que ya no ves.
Tú, cierras los ojos y te olvidas de todo. Tu cuerpo se duerme y es como una melodía que avanza a un ritmo pausado, por esa carretera poco iluminada, indiferente a los cambios del escenario, a los olores distintos que nos reciben, al aire más espeso por partes, más frío y ligero por otras.

Esto es bastante raro para mí. Desde que llegaste con ganas de conocer in situ cómo se vive en un arenal, salgo y retorno de casa sin tiempo para respirar el aire marino que sube hasta mí cuando, desde la puerta, intento mirar más allá. Es, en realidad, agobiante: paseo por una ciudad ajena.

Ahora pasamos por el aeropuerto. Con rapidez hemos abandonado San Isidro, las avenidas la Marina y Faucett y ahora estamos aquí, junto a los aviones. Nos alejamos, nos acercamos. Creo que vamos a cien por hora, porque de rato en rato, cuando me pierdo observando alguna casa de extraño diseño la sensación del vértigo sube hasta mi garganta. De golpe el ruido de un avión me ensordece y te despierta. Me miras, como diciendo qué hago aquí, me reconoces, y te vuelves a dormir. Ahora la calle está oscura. Cientos de casas quedan atrás levemente iluminadas por ese faro giratorio que, desde lo alto, indica el término del vuelo: la llegada.

La verdad, esta sería una foto impresionante. No sé cómo explicarte, Rosita, mientras duermes. Vivir en el arenal es también retornar al arenal: el contraste, la seguridad de que peor no podrías estar. Es el fondo, organiza tu idea de progreso. Si despertaras podrías captar el camino, los pequeños cambios entre zona y zona. Por ejemplo, ahora pasamos por el terminal pesquero, en medio de los locales industriales. De día es un bullicio que huele a muerte reciente. Entre el congestionamiento de comerciantes, los peces recién capturados nos dejan su mejor olor, se venden a mejor precio. Por las tardes, en cambio, los puestos se cierran, el piso se lava, la sangre inconfundible tiñe el agua y vuelve al mar.

–¿Donde estamos? –te despiertas.

–En la Pampilla. Ventanilla está muy cerca.

Sacas tu cámara fotográfica y haces algunas tomas de la chimenea de fuego que ilumina un poco las instalaciones de la refinería. Se ve estupenda, me dices, y apoyando tu cabeza en mis piernas te vuelves a dormir.

A esta hora, el cerro contra el que se extiende la Pampilla , que de día tiene una tonalidad inconfundible, sólo puede existir como un hecho de memoria, una presencia que se niega a la vista. Sujetos a la velocidad del taxi que indiferente remonta la carretera, nos acercamos a los arenales de Ventanilla. Comprendo que mis palabras nos han traído hasta aquí. Pienso en una imagen: el sol del mediodía, que hace resplandecer la arena, dota de una tonalidad inusual a mi piel. Estoy inmóvil, sin nada que decir. No se trata pues de aburrimiento, si es que esta palabra aún significa algo. Estoy como en el comienzo, aunque más cansado por el trajín.

 
 
Enrique Cortez La felicidad de los muertos Lo dijo la prensa sobre este libro La felicidad de los muertos Enrique Cortez