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Heráclito, en efecto, no se equivocó: nunca se trata del mismo río porque uno,
instante tras instante, siempre es otro.
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En cualquier momento, es posible que cierto aguijón defina no sólo el título de un texto eternamente a punto de ser, sino que fulmine con su zumbido la insistente provocación de la página en blanco.
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