Nº6
Bonitas palabras

Francisco Izquierdo Quea
ISBN 978-9972-2938-5-6
100 páginas
Lima, 2007

 

LOS CUERVOS


Nunca había oído de esa ciudad. Nunca había escuchado su nombre ni dónde quedaba. Mamá me despertó suavemente. Apenas me incorporaba, reflexioné sobre esto: ella jamás era así conmigo, siempre solía tratarme con firmeza y soslayo, pero esa vez me había hablado casi con ternura. Vamos ya, niña, tenemos el tiempo justo para viajar. ¿Por qué? ¿Por qué viajar a esa ciudad sin nombre ni punto fijo? ¿Por qué no velar a papá acá, en casa, en su casa?

–Él siempre quiso que lo entierren allá, y hacia allá vamos a ir ahora
–respondió ella a mis pensamientos, mientras salía de la habitación

Me vestí deprisa. Acomodé mi cabello en dos trenzas simples y bajé hacia el Saab azul de Ricardo, quien lo había estacionado en la berma exterior. Partimos. Hicimos la ruta bajo las pocas palabras de mamá. “Han sido sus socios, ellos han llevado a su padre allá”, dijo una que otra vez. Yo observaba las calles, que iban desapareciendo poco a poco. Los cerros enormes, luego los campos, el mar. Pero sólo hasta ahí dura mi recuerdo: me quedé dormida, dormida, dormida de tanto mirar y mirar tras la ventana.

Desperté cuando ingresábamos por unas rejas verdes y oxidadas. El camino era de tierra húmeda, y el auto avanzaba lentamente entre enormes eucaliptos y arbustos de cerecillas verdosas. Ignoraba en dónde estábamos. El lugar no parecía un cementerio; tenía una remota semejanza con un club. Ricardo se detuvo frente a una casa de madera, pequeña y sin ventanas. Mamá exhaló agotada y dijo aquí es. Al bajar, sentí el cuerpo muy pesado, como si hubiera recibido golpe tras golpe. Hacía frío y cuando miré el cielo noté que era gris, casi velado. Seguí a mamá y a mi hermano al interior de la casa. Allí, el aire se tornó rancio e intempestivo. Pasamos por un ambiente vacío, con sólo dos bancas carcomidas en una esquina; luego, guiándonos por unos ruidos, traspusimos un pasadizo iluminado por dos lamparillas a gas, hasta llegar a una terraza mediana, en donde encontramos a muchas personas que se acercaron a saludarnos, a demostrarnos su sentir por papá. No conocía a ninguna, pero me asombró la familiaridad con que tomaban mi mano y la estrechaban sobre sus pechos y rostros. Tienes que ser muy fuerte, tu padre fue un gran hombre. Lo sé, lo sé, gracias.

Papá era bueno. Le gustaba mucho estar en el jardín de la casa, tomando sol o leyendo el diario. A veces me llamaba a su lado, a veces me pedía que le alcanzara algún fruto maduro de la higuera enorme, altísima, que tenemos allí. Papá me quería más que a nadie, eso lo sentía cuando me hablaba: había una emotividad en él hacía mí que nunca la advertí para con otra persona. Fue en el jardín de la casa donde mamá me dio la noticia. Yo corrí a abrazarla, y lloré, lloré mucho sobre su rostro. Luego vino Ricardo y abrazó también a mamá, y comenzó a gemir y preguntarse sobre qué hacer ahora sin papá entre nosotros, y mamá respondía hay que seguir adelante, hijo, y yo lloraba sobre ella, oyendo el acento melodioso que otorgaba a cada palabra hacia Ricardo, para luego girar su cuerpo frente a él, apartándome, y quedándose prendida de mi hermano un buen rato.

Y ahora sigo ahí, esperando a que la gente se aleje y retome sus charlas y posiciones iniciales dentro de esa terraza extraña y oscura. Me he quedado sola, al fin. Veo a mamá, quien habla con el llanto entrecortado con una mujer vestida de negro, que parece prestarle atención. La mujer está apoyada en un andador de metal, y afirma su cuerpo sin mucho esfuerzo sobre éste. Ricardo conversa con dos hombres barbudos y elegantes. Algo escucho de su charla: está contándoles cómo le va en el banco, cómo papá siempre quiso que tuviera un buen trabajo y terminara con méritos la universidad. Miro a mi alrededor: las personas son viejas, no hay ningún joven o niño merodeando el ambiente. A un costado está el ataúd, con papá dentro. Camino hacia él. Se encuentra apoyado sobre una superficie alta, de metro y medio o algo más. Trepo con dificultad, apoyándome sobre mis palmas. ¿Por qué esto? Detrás del ataúd y de un crucifijo plateado hay una veintena de fotografías enmarcadas. Son retratos de todos los velatorios hechos ahí. Reconozco algunos rostros que ahora están presentes. Son fotos aterradoras, de hombres y mujeres sentando al cadáver en su féretro, como haciéndolo posar para el lente. Miro a papá. Tiene la misma expresión vacía de los fallecidos en las fotos. Hay una imagen que me llama la atención. El difunto es un hombre de ojos rasgados–un chino, pienso–, y quien lo toma de la espalda y lo inclina es un anciano de bigotes anchos; al lado de él está la mujer que ahora habla con mamá, la del andador de metal.

De pronto, surca un murmullo entre las personas. Veo aparecer a un hombre con una cámara en mano. No, no, esto no se le puede hacer a papá. Mamá toma del brazo a Ricardo y ambos están rodeados ahora por toda esa multitud lúgubre. Ella me observa, parece adivinar mi alarma, pero me ofrece una mirada seria, como acatando también otro deseo último de su esposo. No soporto más. No quiero estar presente cuando levanten la cubierta de cristal y venga Ricardo con otros a querer inclinar a papá para la foto de recuerdo. No, no. Ahora doy un salto al suelo. Mis pies se resienten. No importa. Camino flanqueando las paredes sin ventanas, haciéndome a un lado, escapando a prisa.

Salgo entre voces. No me interesa voltear a ver a mamá o a Ricardo llamándome. Avanzo rápido por el pasadizo, donde las lamparillas están por apagarse. Acelero aun más, salgo fuera de la casa y sólo ahí me siento algo aliviada.¿Pero qué es todo esto? Papá nunca me había hablado de esta ciudad, de esta gente, de este lugar terrible. ¿Por qué estamos acá?

Doy unos pasos en medio de una hierba rala y amarillenta. Me detengo a observar la opacidad del cielo. Pareciera que va a llover, sólo pareciera. Un viento frío acontece, silbando despacio bajo mi cabello. Escucho un ligero ruido, como un trote lánguido. Busco saber qué es, pero no encuentro nada. Camino hacia una loma breve, que está cerca de mí. Allí, situados en una porción de tierra rugosa, dos cuervos dan cortos saltos, produciendo un eco paulatino sobre la superficie.

El viento ha dejado de silbar. Me percato de un movimiento próximo. Es la mujer del andador, que sale de la casa de madera, que ya me ha visto y viene hacia mí. Pienso: ya no hay forma de correr, si me pide que vuelva le digo que me siento mal, mal, muy mal. La mujer avanza lentamente, pero
con firmeza. Ese andador; es como si no le hiciera falta. Llega a una distancia muy cercana de donde estoy yo, mirando a los grajos. Me quedo quieta, observándola por un momento. La mujer es vieja y poco agraciada. Tiene unos ojos fisgones, que mantiene inermes sobre mi rostro. Permanece en silencio, pero sólo un instante.

–¿Qué miras? –preguntó ella.

–A los cuervos –respondí.

–¿A los muertos? –pareció no entender la mujer.

–A los cuervos, miro a los cuervos que están allí –la guié con el índice hacia mi espalda, para que pudiera verlos. Pero no, los cuervos no estaban.

Quedé en silencio. Al poco rato me di cuenta de que temblaba. La mujer habló.

–Tienes que saber que los cuervos son los muertos.

–¿Qué muertos? –grité.

–Esos, mira.

Giré nuevamente. Allí estaban. No eran dos, ni tres; eran cientos, miles de cuervos caminando sobre la tierra. Al volver mi rostro, la mujer había desaparecido. Luego regresé hacia los cuervos y me encontré de pronto inmersa, en el jardín de mi casa, parada bajo la higuera. Entendí todo de golpe al escuchar los gritos de mamá desde la sala. A lo lejos, vi el periódico sobre el suelo, y a papá cubierto por un manto deforme de alas negras.



© Francisco Izquierdo Quea, 2007.

 
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